5 de abril de 2010

TERREMOTO DE 1835 EN CONCEPCIÓN POR CHARLES DARWIN




A propósito del terremoto de este 27 de febrero en Chile en Cauquenes, varios artículos de prensa mencionan lo que narró Charles Darwin en su Viaje de un Naturalista alrededor del Mundo (1839) en 1835 cuando experimentó un terremoto cerca de Valdivia y, luego, sus detalladas observaciones y comentarios de la destrucción en Concepción.  Sin embargo, esas citas son de otras citas, no  son referencias viendo el escrito.  Siendo ese evento un antecedente directo del que hemos padecido hace un mes, nos hemos dado el trabajo de citarlo en extenso, lo que hacemos desde la edición de 1945 de la Librería El Ateneo, páginas de la 360 a la 372.
  
El terremoto de Concepción sucedió el 20 de febrero de 1835 a las 11:30 de la mañana, asolando la zona comprendida entre Concepción y Osorno.   La Wikipedia lo resume así:
El Terremoto de Concepción de 1835 fue un terremoto de 8,5 grados en la escala de Richter que azotó a la ciudad de Concepción, Chile, a las 11:30 hrs del día 20 de febrero de 1835.  El maremoto posterior arrasó la zona centro-sur del país, específicamente entre los ríos Cachapoal y Valdivia.  Destruyó totalmente la ciudad de Concepción. (ver en Wikipedia)
Según una página del Servicio Sismológico de la Universidad de Chile, la magnitud del terremoto de 1835 fue 8,5 Richter con Tsunami o maremoto destructor y mayor.

Ese 20 de febrero Charles Darwin se encontraba tendido a la sombra de un bosquecillo para descansar un poco en los alrededores de Valdivia.  Estaba en Chile como parte de la tripulación de la H.M.S. Beagle, la que estaba al mando del Capitán Fitz-Roy (quien también realizó una notable relación sobre el terremoto).  Pero, es la narración de Darwin la famosa y no sólo por los datos que aporta, también por la fineza y agudeza en la observación.  Algo que caracterizaría a Darwin toda la vida y que se anclaba como él mismo lo escribió en ese "placer especial en la comprensión de cualquier materia o cosa compleja" que le hacía tener mucho entusiasmo por todo aquello que le interesaba.

Pero, vamos a lo que interesa, esta es la narración de Darwin:
7. Un violento terremoto azota toda la costa chilena 
          Día memorable en los anales de Valdivia, porque se ha sentido el más violento terremoto que según humana memoria ha tenido lugar aquí.  Me encontraba en la costa y me había tendido a la sombra, en un bosque, para descansar un poco.  El terremoto empezó de pronto y duró dos minutos.  Pero a mi compañero y a mi ese tiempo nos pareció mucho más largo.  El movimiento del suelo era muy perceptible y, al parecer, las ondulaciones provenían del Este; otras personas sostienen que venían del Sudoeste; lo cual prueba cuan difícil es en ocasiones determinar la dirección de las vibraciones.  no se experimentaba dificultad alguna para sostenerse de pie; pero el movimiento me produjo casi un mareo semejante al mal de mar; se parecía en efecto mucho al movimiento de un buque en medio de olas muy cortas o, mejor aún, se hubiera dicho patinar por encima de una capa de hielo de débil espesor que se doblegara con el peso del cuerpo. 
          Un terremoto trastroca en un instante las más firmes ideas; la tierra, el emblema mismo de la solidez, ha temblado bajo nuestros pies como una costra muy delgada puesta sobre un fluido; un espacio de un segundo ha bastado para despertar en la imaginación un extraño sentimiento de inseguridad que horas de reflexión no hubieran podido producir.  El viento, en el momento del choque, agitaba los árboles de la selva; y yo no hice sino sentir la tierra temblando bajo mis pies, sin observar ningún otro efecto.  El capitán Fitz-Roy y algunos oficiales se encontraban entonces en la ciudad; allí el efecto fue mucho más notable, porque aunque las casas construidas de madera no fueron derribadas, no dejaron de ser violentamente sacudidas.  Todos los habitantes, presa de loco terror, se precipitaron por las calles.  Son esos espectáculos los que crean en cuantos han visto y sentido sus efectos ese indecible horror a los terremotos.  En la selva el fenómeno es muy interesante, pero no produce ningún terror.  El choque afecta al mar de curiosa manera; una anciana mujer que se hallaba en la playa me dijo que el agua se dirigió con gran rapidez hacia la costa, pero sin formar grandes olas, y subió rápidamente hasta el nivel de las grandes mareas; después recobró su nivel con la misma velocidad; la línea de arena mojada me confirmó lo que la anciana me dijo.  Ese mismo movimiento rápido, pero tranquilo, de la marea se produjo hace algunos años en Chiloé durante un ligero terremoto y causó una gran alarma.  Durante la velada hubo muchos choques pequeños que originaron en el puerto corrientes muy complicadas, algunas de ellas bastante violentas.

8. Desembarcamos en la isla de Quiriquina.  Acción del terremoto en esta isla (4 de marzo) 
          Entramos en el puerto de Concepción.  Mientras el navío busca un lugar bien abrigado, desembarco en la isla de Quiriquina.  El intendente de esa propiedad viene presuroso a mi encuentro para anunciarme la terrible nueva del terremoto del 20 de febrero, y me dice que "no hay una sola casa en pie en Concepción ni en Talcahuano (el puerto); que setenta aldeas han quedado destruidas y que una ola inmensa se ha llevado casi las ruinas de Talcahuano".  Tengo las pruebas de esa última parte de su relato: la costa entera está colmada de maderos y de muebles, como si un millar de buques hubieran ido a romperse allí.  Además de las sillas, las mesas, las cómodas, etcétera, vense los techos de muchos cottages que han sido transportados hasta allí casi enteros.  Los almacenes de Talcahuano han compartido la suerte común y se ven también inmensas balas de algodón, de hierba mate y de otras mercancías.  durante mi paseo alrededor de la isla veo que numerosos fragmentos de rocas, que, a juzgar por las producciones marinas que tienen aun adheridas, debían hallarse recientemente a grandes profundidades, han sido arrojados muy a lo alto de la costa; mido uno de esos bloques que tiene seis pies de largo, tres de ancho y dos de espesor [—1.83 mts. de largo, 0.91 mts. de ancho y 0.61 mts. de espesor]. 
          La horrible fuerza del terremoto había dejado, por otra parte, en la isla tantas huellas como la gran ola las había dejado en la costa.  en muchos lugares se veían profundas grietas en dirección Norte a Sur, causadas sin duda por el sacudimiento de las costas paralelas y escarpadas de esa estrecha isla.  Cerca del acantilado, algunas de esas grietas tenían un metro de anchura.  Masas enormes habían caído ya en la playa, y los habitantes creían que al principio de la estación de las lluvias se producirían todavía numerosos desplazamientos de tierra.  El efecto de la vibración en las duras pizarras que forman la base de la isla era aun más curioso: las partes superficiales de algunas de esas rocas habían sido rotas en mil pedazos, como si se hubiera hecho estallar una mina.  ese efecto, que fracturas muy recientes y desplazamientos considerables probaban admirablemente, debe producirse sólo en la superficie; de otro modo no habría ni un sólo bloque de roca entero por completo en Chile; esto es tanto más probable cuanto que se sabe que la superficie de un cuerpo vibrante experimenta efectos diferentes de los que ofrece el centro de ese cuerpo.  quizá por la misma razón los terremotos no causan en las minas profundas los trastornos que pudiera creerse.  Supongo que ese terremoto ha bastado por sí solo para reducir la isla de Quiriquina en una proporción mayor que hubiera podido hacerlo la acción ordinaria del mar y del tiempo durante un siglo entero.

9.  Concepción.  Estado de la ciudad después del terremoto

          Al día siguiente desembarco en Talcahuano y me dirijo en seguida a Concepción.  Las dos ciudades presentan el más terrible espectáculo, pero al mismo tiempo el más interesante que jamás me haya sido dado a contemplar; sin embargo, ese espectáculo debería impresionar aun mucho más a cualquiera que conociese esas ciudades antes de la catástrofe, porque para un extranjero las ruinas estaban tan completamente entremezcladas que no podía formarse idea alguna de lo que tales poblaciones eran antes; apenas podía creerse que aquellos amontonamientos de restos habían servido de moradas.  El terremoto empezó a las once y media de la mañana.  Si hubiera ocurrido a medianoche, el mayor número de habitantes, que en esta sola provincia ascienden a muchos millares, habían perecido.  En suma, no hubo sino un centenar de víctimas, gracias a la invariable costumbre que se tiene de lanzarse fuera de las casas así que se nota que el suelo tiembla.  En Concepción, cada fila de casas, cada mansión aislada, formaba un montón de ruinas bien distinto; en Talcahuano, al contrario, la ola que había seguido al terremoto y que inundó la ciudad no había dejado al retirarse sino un confuso montón de ladrillos, tejas y vigas, y aquí y allá alguna pared aun en pie.  Gracias a esta circunstancia, Concepción, aun cuando destruida por completo, ofrecía un espectáculo más terrible y más pintoresco, si puedo expresarme así.  El primer choque fue repentino; el mayordomo de Quiriquina me refirió que el primer indicio que recibió fue el hallarse rodando por el suelo él y el caballo que montaba.  Se levantó y fue derribado de nuevo.  Me dijo también que algunas vacas que se hallaban en los lugares escarpados de la costa fueron precipitadas al mar.  La enorme hola arrastró a muchos ganados.  En una isla baja, situada cerca de la entrada de la bahía, setenta animales se ahogaron.  Se creía en general que ese terremoto había sido el más terrible que jamás se produjera en Chile; pero, como esos terribles choques no acaecen sino a largos intervalos, es difícil llegar a esa conclusión; un choque más terrible no hubiera originado gran diferencia, porque la ruina era tan completa como podía serlo.  Numerosas sacudidas menores siguieron a la primera; contáronse más de trescientas en doce días.
          Después de haber visto Concepción, confieso que me es difícil comprender cómo pudo escapar de la catástrofe el mayor número de sus habitantes.  En muchos lugares las casas cayeron hacia afuera, formando así en medio de las calles montículos de ladrillos y de escombros.  Míster Rouse, cónsul inglés, nos refirió que estaba almorzando cuando la primera vibración le advirtió que era tiempo de salir afuera.  Apenas había llegado al medio del patio cuando uno de los lados de la casa se desplomó; conservó, sin embargo, la suficiente sangre fría para recapacitar que si podía trepar sobre la parte que acababa de derrumbarse, ya no tendría nada que temer.  El movimiento del suelo era tan violento que no podía tenerse en pie; se puso, pues, a andar en cuatro pies y llegó a la cima de las ruinas en el preciso momento en que se desplomaba el resto de su casa.  Cegado y sofocado por el polvo que oscurecía el aire, logró sin embargo ganar la calle.  Las sacudidas se sucedían a intervalos de algunos minutos, y nadie osaba aproximarse a las ruinas; no se sabía, pues, si el amigo o el pariente más querido perecía en aquel instante falto de un poco de ayuda.  Los que habían podido salvar alguna cosa se veían obligados a velar de continuo, porque los ladrones se unían a la partida, dándose golpes de pecho con una mano y gritando "¡Misericordia!" a cada pequeña sacudida, mientras con la otra mano trataban de apoderarse de cuanto veían.  Los techos de paja se desplomaron sobre los fuegos encendidos en los hogares y las llamas se abrieron camino por todas partes.  Centenares de personas se sabían completamente arruinadas y muy pocas eran entre ellas las que tenían con qué procurarse alimentos para la jornada.

          Un solo terremoto basta para destruir la prosperidad de un país.  Si las fuerzas subterráneas de Inglaterra, hoy inertes, volvieran de nuevo a ejercer su potencia, como seguramente lo hicieron durante épocas geológicas en la actualidad muy lejanas de nosotros, ¡qué cambios se producirían en el país entero!  ¡Qué sería de las altas casa, de las populosas ciudades, de las grandes manufacturas, de los espléndidos edificios públicos y privados?  Si algún terremoto tuviera lugar en medio de la noche, ¡qué horrible carnicería!  La bancarrota sería inmediata; todos los papeles, todos los documentos, todas las cuentas desaparecerían en un instante.  No pudiendo el Gobierno ni percibir los impuestos ni afirmar su autoridad, lo dominarían todo la violencia y la rapiña.  El hambre se declararía en todas las grandes ciudades y la peste y la muerte seguirían muy pronto.

          Algunos instantes después de la sacudida vióse, a una distancia de tres o cuatro millas, una enorme hola que avanzaba en medio de la bahía.  No se veía ni la menor traza de espuma sobre esa ola que parecía inofensiva, pero que a lo largo de la costa derribó las casas y desarraigó los árboles al avanzar con fuerza irresistible.  Llegada al fondo de la bahía, se rompió en espumosas olas que se elevaron a una altura vertical de 23 pies [—7,10 mts.] por encima del nivel de las más altas mareas.  La fuerza de tales olas debió de ser enorme, porque, en la fortaleza, trasladaron a una distancia de 15 pies [—4,57 mts.] un cañón con su cureña, que pesaban cuatro toneladas.  Un schooner fue transportado a 200 metros de la costa y encalló en medio de las ruinas.  Otras dos olas se produjeron y, al retirarse, se llevaron una gran cantidad de restos.  En cierto sitio de la bahía, un navío fue llevado a la costa, separado de ella, arrojado de nuevo contra la costa y puesto al fin otra vez a flote por la última ola.  En otro lugar de la bahía, dos grandes navíos, anclados uno junto al otro, se pusieron a dar vueltas de tal modo que los cables de sus anclas se arrollaron uno en otro, y aunque había allí 36 pies de agua [—10,97 mts.], se encontraron de pronto en seco durante algunos minutos.  La ola mayor, por lo demás, se aproximó con bastante lentitud, porque los habitantes de Talcahuano tuvieron tiempo de refugiarse en las colinas situadas detrás de la ciudad.  Por otra parte, algunos marinos se apresuraron a subir a una canoa y remar con fuerza hacia la ola, esperando sobrepasarla si llegaban a ella antes de que rompiera, y lo consiguieron; una anciana, a su vez, se metió en una canoa con un niño de cuatro o cinco años; pero, no habiendo quien remara, se quedó cerca del muelle; el barquito fue lanzado contra un ancla y partido en dos; la anciana se ahogó y algunas horas después se halló entre las ruinas al chicuelo, que había escapado sano y salvo.  En el momento de nuestra visita se veían aún en medio de las ruinas charcos de agua salada y los niños, haciendo servir de barcos mesas o sillas, se divertían bogando y parecían tan contentos como empobrecidos habían quedado sus padres.  Pero confieso que vi, con gran satisfacción, que todos los habitantes parecían mis activos y más felices de lo que hubiera podido esperarse después de tan terrible catástrofe.  Se ha hecho observar, con cierto grado de verdad, que siendo general la destrucción, nadie sentía más humillado que su vecino, nadie podía acusar a sus amigos de frialdad, dos causas que añaden siempre un vivo dolor a la pérdida de la riqueza.  Míster Rouse y un gran número de personas que tuvo a bien tomar bajo su protección, pasaron la primera semana en un huerto, acampados bajo los manzanos.  Al principio se sintieron tan alegres como durante una excursión de placer; pero luego sobrevinieron grandes lluvias que hicieron sufrir mucho a aquellos desdichados sin asilo.


10. Terremoto.  La mar se pone negra y empieza a hervir.  Dirección de las vibraciones.  Desplazamiento de piedras en sentido circular

          El capitán Fitz-Roy hace constar, en su excelente relación de ese terremoto, que se vieron en la bahía dos erupciones: una semejante a una columna de humo, y la otra parecida al chorro de agua lanzado por una inmensa ballena.  Por todas partes también el agua parecía en ebullición, se puso negra y dejó escapar vapores sulfurosos muy desagradables. Se observaron igualmente esos últimos fenómenos durante el terremoto de 1822 en la bahía de Valparaíso.  Pueden ser explicados por la agitación del lodo que forma el fondo del mar, lodo que contiene materias orgánicas en descomposición.  He notado, durante un día muy tranquilo, en la bahía de El Callao, que el cable del navío al flotar en el fondo, producía una linea de burbujas de gas.  Las clases inferiores, en Talcahuano, estaban persuadidas que el terremoto provenía de que las ancianas indias que habían sufrido algún ultraje dos años antes, habían cerrado el volcán de Antuco.  Esta explicación, por ridícula que pueda ser, no deja de ser curiosa; prueba, en efecto, que la experiencia enseña a esos ignorantes que existe una relación entre la cesación de los fenómenos volcánicos y el terremoto.  En el punto en que cesa su percepción de la causa y del efecto, invocan el socorro de la magia para explicar el cierre de la válvula volcánica.  Esa creencia es tanto más extraña en el caso actual cuanto que, según el capitán Fitz-Roy, hay lugar a creer que el volcán no había dejado de estar en actividad.

          Como en casi todas las ciudades españolas, las calles de Concepción se cortan en ángulo recto: unas se dirigen del Sudeste al Oeste, las otras del Noroeste al Norte.  Las paredes de las casas situadas en las calles que van del Sudoeste al Oeste resistieron verdaderamente mejor las sacudidas que las casas situadas en las otras; la mayor parte de las masas de ladrillos se desplomaron en dirección del Nordeste.  Esas dos circunstancias parecen confirmar la impresión general de que las ondulaciones provenían del Sudoeste, dirección en la cual se oyeron también ruidos subterráneos.  Es evidente que las paredes construidas en las direcciones Nordeste y Sudoeste, y que tenían, por consiguiente, sus extremos en los puntos de donde provenían las vibraciones, tenían más probabilidades de resistir el choque que las paredes construidas en las direcciones Noroeste y Sudeste, porque éstas perdían en un instante su posición vertical en toda su longitud.  En efecto, las ondulaciones provenientes del Sudoeste debían formar como ondas en las direcciones Noroeste y Sudeste, ondas que pasarían bajo los cimientos.  Puede formarse una idea de ese fenómeno situando cualquier sólido en pie sobre una alfombra e imitando después las ondulaciones de un terremoto, como lo ha sugerido Michell; se verá que esos sólidos caen más o menos fácilmente, según que su dirección coincida más o menos con la línea de las ondas.  Las grietas que se abrieron en el suelo se extendían casi todas en dirección Sudeste a Noroeste, y correspondían, por consiguiente, a las líneas de ondulación.  Un hecho se hace muy interesante si se tienen presentes en la imaginación todas esas circunstancias que indican claramente el Sudoeste como el principal foco de agitación, y es que la isla de Santa María, situada en esa dirección, fue, durante el levantamiento general del suelo, elevada tres veces más que cualquiera otro punto de la costa.

          La catedral ofrecía un excelente ejemplo de la diferente resistencia presentada por las paredes, según estén construidas en tal o cual dirección.  El lado vuelto hacia el Nordeste no presentaba sino un inmenso amasijo de ruinas en medio de las cuales se veían puertas y vigas que parecían estar flotando en un océano enfurecido.  Algunos bloques de albañilería de inmensas dimensiones habían rodado hasta muy lejos por la plaza, como fragmentos de rocas al pie de una alta montaña.  Los muros laterales que se extendían en dirección Sudoeste y Nordeste, aunque considerablemente dañados, permanecieron en pie; pero inmensos contrafuertes, alzados en ángulo recto con esos muros, y por consiguiente paralelos a los se habían desplomado, habían sido derribados luego de quedar cortados tan limpiamente como hubieran podido serlo con unas tijeras.  La sacudida, además, había dado una posición diagonal a ciertos adornos cuadrados situados sobre algunas de esas paredes.  Fenómenos análogos han sido observados después de terremotos en Valparaíso, en Calabria y en algunos otros lugares, y en templos griegos muy antiguos (Nota 1).  Esos desplazamientos parecen indicar ante todo un movimiento de vórtice en los puntos así afectados; pera esa hipótesis tiene poco fundamento.  ¿No podrían ser atribuidos a la tendencia que tendría cada piedra a situarse en cierta posición respecto a las líneas de vibración, de igual manera que los alfileres se ponen en determinadas posiciones sobre una hoja de papel agitada?  Como regla general, las puertas o los cruceros abovedados resisten mejor que cualquier otra especie de construcción.  Sin embargo, un pobre anciano cojo, que tenía la costumbre de arrastrarse hasta ponerse bajo una puerta abovedada cada vez que sentía una pequeña sacudida, quedó esta vez aplastado bajo las ruinas.

         No trataré de hacer la descripción del aspecto  de hacer la descripción del aspecto que presenta Concepción, porque sé que me sería imposible expresar lo que sentí al ver aquella masa de ruinas.  Algunos oficiales habían visitado esa ciudad antes que yo, y todo cuanto me dijeran antes en nada me había preparado para lo que veía entonces.  Hay alguna cosa de aflictivo y de humillante al mismo tiempo en ver las obras que tanto trabajo costaron al hombre, derribadas así en un minuto; sin embargo, no se experimenta casi compasión por los habitantes, tan grande es la sorpresa de ver cumplido en un instante aquello que se está acostumbrado a atribuir a una larga serie de siglos.  En mi opinión, desde nuestra partida de Inglaterra no habíamos contemplado aun un espectáculo tan profundamente interesante como aquel. 


          (Nota 1)  M. Arago, L'Institut, 1839, pág. 337.  Véase también Miers, Chile, vol. I, pág. 392, y Lyell, Principles of Geology, cap. XV, lib. II.


11. Una gran ola.  Elevación permanente del suelo.  Causa de los terremotos
          Durante casi todos los terremotos las aguas de los mares vecinos han sido considerablemente agitadas.  Esa agitación, según lo que ha ocurrido en Concepción, parece afectar en general dos formas diferentes.  Primero, en el momento mismo de la sacudida, el agua se eleva considerablemente sobre la costa; pero el movimiento es lento, y se retira también lentamente; después de algún tiempo, el mar entero se retira de la costa y vuelve a avanzar luego formando olas que tienen una fuerza espantosa.  El primer movimiento parece ser una consecuencia inmediata del terremoto, que afecta de un modo diferente a un fluido y a un sólido; de tal suerte que su nivel respectivo se encuentra algún tanto modificado; pero el segundo fenómeno es con mucho el más importante.  Durante la mayoría de los terremotos, sobre todo durante aquellos que se producen en la costa occidental de América, es lo cierto que las aguas han comenzado por retirarse por completo.  Algunos autores han tratado de explicarse ese hecho suponiendo míster Lyell, movimientos análogos del mar se han producido en islas muy alejadas de la línea principal de agitación, en la isla de Juan Fernández, por ejemplo, durante el terremoto que nos ocupa y en la isla de Madera durante el famoso terremoto de Lisboa.  Presumo (mas ese tema es muy obscuro) que una ola, cualquiera que sea la manera como se forme, empieza por atraer el agua que cubre la costa sobre la que romperá luego; he observado ese hecho en las pequeñas olas formadas por las ruedas de los buques de vapor.  Hecho notable es que, mientras Talcahuano y El Callao (población esta cercana a Lima), situadas las dos en el fondo de inmensas bahías poco profundas, han sufrido mucho a causa de las grandes olas durante todos los terremotos de importancia, Valparaíso, situado a orillas de un mar profundo, jamás ha sufrido por esa causa, aunque ha sentido las sacudidas más violentas.  El intervalo que existe entre el terremoto y la llegada de la enorme ola, intervalo de media hora en ocasiones, y el hecho de que islas muy alejadas sean afectadas de igual manera que las costas que se encuentran cerca del foco de la agitación me hacen suponer que la ola se forma en alta mar.  Y puesto que eso sucede ordinariamente, la causa debe ser general.  Supongo que la gran ola debe formarse en el lugar en que las aguas menos agitadas del profundo océano se unen a las de la costa que han participado en el movimiento de la tierra; parece también que la ola es más o menos considerable según la extensión del agua poco profunda que ha sido agitada al mismo tiempo que el fondo sobre el cual reposa.

          El efecto más notable (sería probablemente más correcto decir la causa de ese terremoto) fue la elevación permanente del suelo.  Las tierras, alrededor de la bahía de Concepción, se elevaron dos o tres pies; pero conviene hacer notar que, como la enorme hola barró todo punto de referencia de la antigua línea de mareas en la costa, no pude procurarme otra prueba de esa elevación que el testimonio unánime de los habitantes, que me aseguran que un pequeño peñasco, actualmente visible, estaba antes recubierto por el agua.  En la isla de Santa María, a unas 30 millas de distancia, el levantamiento fue más considerable aun; el capitán Fitz-Roy encontró en una parte de la costa de esa isla bancos de mejillones en putrefacción adheridos aun a la roca, a 10 pies [—3 mts.] sobre el nivel superior de las grandes mareas; y antes, los habitantes tenían allí la costumbre de bucear durante la marea baja para procurarse de mejillones.  La elevación de esta región ofrece un interés muy particular, porque ha sido el teatro de un gran número de violentos terremotos, y a causa de la gran cantidad de conchas marinas extendidas por el suelo a una altura de 600 pies  [—182,88 mts.] seguramente y hasta creo que de 1.000 pies [—304,80 mts.].

          En Valparaíso, como ya lo hice notar, se encuentran conchas semejantes a una altura de 1.300 pies [—396,24 mts.]; parece cierto que esa gran elevación es el resultado de pequeños levantamientos sucesivos, tales como el que ha acompañado o causado el terremoto de este año, y también un levantamiento insensible y muy lento que se produce de seguro en algunas partes de esa costa.

12. Área de los fenómenos volcánicos

          El gran terremoto del 20 sacudió con tanta violencia la isla de Juan Fernández situada a 360 millas (576 kilómetros) al Nordeste, que los árboles chocaron unos con otros y un volcán se puso en erupción bajo el agua, muy cerca de la costa.  Esos hechos son tanto más notables cuanto que durante el terremoto de 1751 esa isla fue agitada más violentamente que cualquier otro lugar situado a igual distancia de Concepción, lo cual parece indicar una comunicación subterránea entre esos dos puntos.  Chiloé, a unas 340 millas (545 kilómetros) al sur de Concepción, parece haber sido agitada con más violencia que el distrito intermedio de Valdivia, donde el volcán Villarrica no dio signo alguno de erupción, mientras que una de éstas, muy violenta, se produjo en el instante de la sacudida en los dos volcanes de la Cordillera frente a Chiloé.  Esos volcanes, así como algunos otros de la vecindad, permanecieron mucho tiempo en erupción, y diez meses más tarde dieron aun signos de actividad en ocasión de un nuevo terremoto en Concepción.  Hombres ocupados en la tala de árboles cerca de la base de uno de esos volcanes no sintieron el terremoto del 20 de febrero de 1835, aunque toda la comarca circundante fue en aquel entonces vivamente sacudida.  En ese lugar, una erupción se produjo, pues, en vez de un terremoto, cosa que hubiera ocurrido en Concepción si, según lo pensaban las buenas gentes de esta ciudad, unas hechiceras no hubieran tapado el cráter del volcán Antuco.  Dos y medio años más tarde Valdivia y Chiloé fueron de nuevo sacudidas con mayor violencia que lo habían sido el 20 de febrero de 1835; y una isla del archipiélago de los Chonos fue entonces alzada más de ocho pies de un modo permanente.  Para dar una idea correcta de la importancia de tales fenómenos, voy a suponer, como lo hice para los glaciares, que tenían lugar en parajes relativamente correspondientes de Europa.  En este caso, el suelo habría temblado violentamente en todo el espacio correspondido entre el Mar del Norte y el Mediterráneo; en el mismo instante, una gran parte de la costa oriental de Inglaterra y algunas islas adyacentes habrían sido levantadas; violentas erupciones se habrían producido en una cadena de volcanes en las costas de Holanda; otra erupción habría tenido lugar en el fondo del mar cerca del extremo meridional de Irlanda; y, en fin, los antiguos volcanes de Auvernia, de Cantal y del monte de Oro, habrían vomitado inmensas columnas de humo, y esto durante mucho tiempo.  Dos años y medio más tarde otro terremoto habría desolado a Francia desde el centro de este país hasta la Mancha, y una isla habría sido levantada en el Mediterráneo.


13. Relación entre las fuerzas eruptivas y las fuerzas elevadoras.  Lenta elevación de las cadenas  de montañas, como consecuencia de los terremotos

          El espacio donde las materias hicieron erupción el 20 de febrero de 1835, mide 720 millas (1.150 kilómetros) en una dirección y 400 millas (640 kilómetros) en la otra que forma ángulo recto con la primera.  Probablemente existe allí un lago de lava, subterráneo, que tiene una superficie doble de la del Mar del Norte.  La relación íntima y compleja a la vez de las fuerzas de erupción y de levantamiento durante esos fenómenos nos prueba que las fuerzas que levantan los Continentes por grados son idénticas a las que hacen surgir las materias volcánicas por ciertos orificios.  Creo, por muchas razones, que los  frecuentes temblores de tierra en esa línea de costas provienen del desgarramiento de las capas, consecuencia necesaria de la tensión de la tierra en el momento de los levantamientos y de su inyección de rocas en estado líquido.  Esos desgarramientos y esas inyecciones, repetidos con frecuencia (ya sabemos que los terremotos afectan muy a menudo las mismas superficies y de igual manera, acabarían por producir una cadena de colinas; la isla lineal de Santa María, que ha sido alzada tres veces tan alto como el país que la rodea, parece estar sometida a esa causa.  Creo que el eje sólido de una montaña no difiere por la formación de una colina volcánica sino en que las rocas en fusión han sido inyectadas en muchas veces en la primera, en vez de haber sido arrojadas como en la segunda.  Creo, además, que no se puede explicar la formación de las grandes cadenas de montañas tales como la Cordillera, donde las capas que recubren el eje inyectado de rocas plutónicas han sido levantadas en muchas direcciones paralelas, sino suponiendo que la roca que forma el eje ha sido inyectada en varias veces y después de intervalos suficientemente largos para que las partes superiores, desempeñando el papel de rincones, hayan tenido tiempo de enfriarse y solidificarse.  En efecto, si las capas hubieran sido rechazadas de una vez a su posición actual, es decir, alzadas casi verticalmente, las mismas entrañas de la Tierra hubieran hecho erupción, y en vez de ejes abruptos de rocas solidificadas bajo una inmensa presión, torrentes de lava se habrían sumido en todos los lugares donde se han producido tales levantamientos (Nota 1).


          (Nota 1) Véase Geological Transactions, vol. V, para el relato completo de los fenómenos volcánicos que acompañaron el terremoto del 20 de febrero de 1835, y para las conclusiones que hay lugar a deducir de ello.
Para ver y saber más de los terremotos en Chile y del terremoto del 27 de febrero vea los siguientes enlaces:

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